El despertar

Un grupo de animales comienza su ciclo de vida en un lugar desconocido y sin guía alguna más que su instinto para sobrevivir

Por César Luis Penna

Un día abrió sus ojos y no escuchaba nada más que sus pensamientos y eran muy básicos: comer y tomar agua. Se dio cuenta enseguida de que estaba solo, que se escuchaba el viento en las hojas de los árboles y nada más. Sus padres lo habían alimentado bien y se sentía fuerte como para andar. Salió de su nido, estaba muy alto y no tenía alas aún, por lo que con su pico y sus patas se fue haciendo camino hasta la rama principal y llegar cerca del suelo. Podía comer de todo, pero se alejaba de las plantas que eran amargas o pinchudas.

Caminó por todos lados picoteando insectos y restos de comida que los humanos habían dejado por todos lados. Se extrañó de no ver ni escuchar a nadie más que a sí mismo, pero como era nuevo en el mundo lo tomó como parte de la naturaleza misma. 

Se dio una panzada con muchas cosas, tomó agua que había en una fuente de metal y sintió unas fuertes ganas de subirse a una rama para dormir un ratito. Lo hizo con una tranquilidad que sólo los paisanos de antaño tenían cuando dormían la siesta en el campo recostados sobre los sillones de mimbre o los fardos de pasto. Se dio cuenta que su intestino funcionaba mejor así y lo anotó mentalmente. Al caer la noche buscó refugio en una planta frondosa y con algunas espinas, que le servirían para protegerse mientras dormía. 

El despertar del nuevo día le llegó con el piar de varios pichones que como él habían despertado solos. Fue por el más cercano, después de esperar un rato por si algún pájaro padre lo asistía. Después de trepar y trepar a puro pico y patas llegó y vio un par de bocas abiertas esperando algo de comer. El que no tenía nada compartió lo que encontró con ellos y al unísono los dos le dijeron: ¡Gracias, mamá! No entendió por qué le decían así, pero lo asumió como algo bueno. 

Se movió sigilosamente para que no volvieran a gritar y vio un nido mucho más alto, pero estaba en silencio. Volvió al suelo y unas gallinas marrones pasaron y lo vieron.

—¿Qué hace gordito? ¿Cómo anda? —le dijeron las gallinas sin dejar de mirar el suelo para picotear algo.

—Bien, bien, acá conociendo la zona… ¿Ustedes son de por acá, gordis? 

—Son plumas, ya te van a tocar a vos. Andamos de paso, por suerte podemos andar por cualquier lado sin que nadie nos diga nada. Seguimos camino, ¡chau!

Él se quedó pensando en eso de las plumas y se fue un poco más lejos para ver un poquito más dónde estaba.

Un par de días después, en su pecho tenía unas suavecitas plumas blancas y en el lomo, las alas y la cola le iban creciendo plumitas de distintos tonos de verde. En los alrededores había visto y ayudado a casi diez pajaritos de distintos plumajes. Todos aleteaban, pero ninguno podía volar, todos tenían el instinto, pero nadie le sabía explicar cómo volar.

Al quinto día volvieron las gallinas, siempre mirando para abajo, sólo moviendo la cabeza hacia arriba para tragar agua. 

—¿Cómo andás, Pepito? Vemos tus plumas…  ¿Ya sabés volar?

—¿Por qué me dicen así? Ninguno sabe cómo hacerlo. 

—Los loritos como vos pueden llamarse de dos formas, Pepito o Pedrito. Y nosotras podemos enseñarles, todos somos parientes acá.

El lorito se quedó pensando en el nombre y no le sonaba mal, pero le gustaba más uno que había  visto en un trapo negro con letras rojas: Ricardo Iorio. Les contó a todos la idea y desde entonces comenzaron a llamarlo Ricardito. Como era un pajarito friolento buscó y encontró un pedazo de cuero abrigado y con tachas. Hizo unas peripecias para ponérselo y como si fuera por magia le llegó una voz que lo invitaba a cantar… Por nacer, en este suelo hice un pacto, fue con Dios o tal vez fue con el diablo no lo sé… Lo cantaba como podía porque eran sus primeras palabras humanas y él tenía pocos días.    

Con su camperita de cuero se plantó ante todos y los llamó a los plumíferos para que miraran hacia abajo. Las gallinas tendieron sus alas y como maestras les fueron enseñando. Una de ellas dio una serie de saltitos hacia el lugar más alto y extendió sus alas. Otra iba explicando a toda la clase y con mucha fuerza en su aleteo voló unos metros y cayó suavemente al suelo.  

La bandada la miraba asombrada, la mitad de ellos extendieron sus alas y  lograron hacer aquello que las maestras les habían enseñado: caer suavemente al suelo. Los otros no se animaron, pero se quedaron maravillados por lo que habían podido hacer sus vecinos. Todos se acercaron y le dieron un abrazo emplumado a las gallinas y a Ricardito, y fueron a buscar alimento por sus propios medios como si fueran pequeñas gallinas de distintos colores. 

Al llegar la noche, Ricardito subió a uno de los nidos donde aún estaban aquellos que no se animaron a bajar. Los otros se habían quedado junto a las maestras de vuelo en un nido que ellas armaron.

El amanecer trajo el cantar de varios de los vecinos, él les habló a los que no se habían animado a volar, entonces extendió sus alas y se dejó caer.

Los que aún faltaban, con mucha valentía lo hicieron también, algunos cayeron sobre unas bolsas y trapos, otros solos se dieron un costalazo en el pasto, pero estaban bien. Ninguno se rindió porque ya no estaban solos, eran una bandada y se cuidaban entre todos.

Unos días después las gallinas maestras decidieron quedarse con ellos aunque siguieron haciendo su recorrido diario. Ricardito se sumó a ellas en una jornada plena de sol. Vieron un nuevo lugar verde, lleno de árboles, plantas y flores. Hablaron de mover a toda la banda, pero había que mirar más. Llegaron al paraíso verde y le pidieron al lorito que subiera a lo más alto para observar mejor. Cuando estaba en la cima del árbol más alto, pudo ver a lo lejos cachorros de cuadrúpedos, y pájaros a la orilla de una hondonada de agua grande y en el agua misma. Se dio cuenta ahí mismo que eran todos cachorritos como ellos. Más no podía ver, porque el espacio estaba cubierto por árboles y plantas. De golpe una ráfaga de viento agitó la rama donde estaba y lo sacó del árbol. Extendió sus alas y solo se dejó llevar por la brisa, con la cola iba manejando el rumbo, no sentía frío, llevaba puesta su camperita con tachas. Loco de contento, les gritaba a las gallinas que le cacareaban alegres por el vuelo.

Cuando volvieron a reunirse con la bandada, les comentaron lo que habían visto y todos partieron de inmediato hacia el nuevo lugar. Con la instrucción de las maestras, cada pajarito tomó del camino un poco de yuyos secos para armar la nidada para la primera noche. Ricardito era el último en dormirse para ver mejor en caso de que pasara algo. Se subió a un nido cercano de donde estaba la nidada de la banda. Todos dormían, él ya no veía nada, estaba en pleno proceso del dulce sueño cuando un movimiento leve sacudió el árbol donde estaba. Puso el oído en alerta, y no pudo escuchar nada. De pronto, el movimiento se sintió en el nido. Tenía miedo, y solo entreabrió un ojo. Una mano delgada con cuatro dedos y una piel entre gris y verde colocaba un huevo pequeño en el nido junto a Ricardito. El lorito se durmió temblando. Cuando los rayos de un sol tibio le dieron en la cara pudo ver un huevito que se movía y comenzaba a descascararse. La banda se agrandaba, el ciclo se repetía, pero esta vez no estarían solos.

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